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En verano, huele a muerto

Otra vez ese olor extraño golpeaba su nariz, por segundo verano consecutivo sucedía y por segunda vez todas sus sospechas recaían en una misma persona, en su vecino: el señor Dieguez.

Un año atrás, cuando pasó por primera vez, su familia no creyó ni una palabra de lo que decía. "Cariño, has visto demasiados capítulos de C.S.I." o "Mamá se está haciendo mayor, ya se le está empezando a ir la pinza" fueron algunas de las lindezas que oyó de boca de los miembros de su familia. Esta vez no les diría nada, agudizaría su ingenio y trataría de desenmascarar al vecino sin la ayuda de nadie.

Sin embargo, pocos días después, se dieron cuenta:

-Mamá, ¿se puede saber qué haces?

-Buscar pistas hijo, buscar pistas... Y no me preguntes de qué porque lo sabes perfectamente y aunque no queráis admitirlo, sé que vosotros también lo oléis...

Con los primeros rayos de Sol del verano pasado y tras salir de su casa y poner los pies sobre el fresco césped, un olor fuerte, rancio y extraño, había golpeado su naríz y, la buena mujer, no había tardado mucho tiempo en atar cabos y llegar a la conclusión de que la muerte del perro del señor Dieguez estaba relacionada.

"Se le ha muerto el perro y no se le ha ocurrido mejor idea que enterrarlo en nuestro jardín" -había dicho-. "Aunque... tal vez lo haya matado él" -añadió después-. "Lo investigaré" -sentenció-.

Este año un olor muy similar, casi idéntico aunque tal vez un poco más fuerte, la llevaba a pensar que la que estaba bajo la tierra de su jardín era la suegra del vecino, a la que no veía desde hacía un par de semanas.

"¿Es que no os dáis cuenta? ¿Cuánto hace que no véis a la señora Ana? La ha matado y la ha enterrado en el jardín, igual que al perro".

-Mamá... ¿te has parado a pensar en porqué sólo lo hueles durante el verano?

-¡Buena observación, hijo! -dijo el padre del chico-.

-¡Pues claro! El olor a tierra mojada de las lluvias de la primera hace que pase desapercibido; el frio del invierno congela los cadáveres y hace que dejen de oler; en otoño han de descongelarse poco a poco y en verano, en verano aparece el tufo de nuevo. ¿Es qué no lo véis?

Padre e hijo se miraron frunciendo el ceño y moviendo la cabeza de izquiera a derecha. Un rato después, se les ocurrió algo que podría funcionar:

-Cariño... ¿por qué no te apuntas a las clases de gimnasia del barrio?

-Para que me mentenga ocupada y no diga más sandeces, ¿no?

-¿Sabías que el señor Dieguez va a esas clases, mamá? -apuntó su hijo-.

-Iré ahora mismo a apuntarme...

Padre e hijo tenían la esperanza de que, con un poco de ejercicio, estiramientos y flexibilidad, fuese capaz de darse cuenta de dónde procedía realmente el olor, pero no funcionó: durante las clases, ella estaba más atenta de seguir todos y cada uno de los movimientos del vecino que de cualquier otra cosa.

Una noche, durante la cena, a pesar de que su madre había preparado uno de sus platos preferidos, el chico no había probado bocado: tenía el estómago revuelto y mareado. De pronto, no pudo aguantar más y se lo dijo:

"¿Es qué no te das cuenta? No hay ningún cadáver bajo el césped del jardín, ¡eres tú! ¡Son tus pies en verano, cuando te pones sandalias! ¡APESTAN!"

-Jajaja -rió ella a carcajada limpia- ¡Ya lo sé!

-¿Lo sabes? -preguntaron para e hijo al unísono-.

-Por supuesto, y lo que me ha costado lograr que os atreviéseis a decírmelo...

Una galleta de la fortuna vacía

"La felicidad no sólo se halla en la dicha, sinó también en aprender a aceptar", pero ¿en aprender a aceptar qué?, ¿que la suerte y la buena fortuna no le estaban predestinadas?

Almudena apretó el puño con fuerza arrugando aquel estúpido papel y salió del restaurante. Era muy tarde para llamar a alguien pero muy temprano para volver a casa. Comenzó a caminar y sus pies la llevaron al Paseo del Puerto, aquel por el que siempre había soñado que paseaba con Juanjo. Algo que nunca pasó.

Iba pensando en sus cosas y autocompadeciéndose como de costumbre cuando la voz de una mujer llamó su atención:

- "No seas tonta y quítate esas cosas de la cabeza. La respuesta está delante de tus ojos y no eres capaz de verla". Le decía una gitana desde el tenderete que tenía colocado en el paseo.

- "No, tampoco vengas a sentarte junto a mí para que te lea la palma de la mano. ¿Para qué vas a hacerlo si no crees en estas cosas?

Era como si aquella mujer fuera capaz de leerle el pensamiento y por ese motivo las ganas que Almudena sentía por acercarse a aquella desconocida aumentaban.

- "Te repito que no vengas a mí. Sólo eres una chica inteligente que está haciendo el tonto. Tú sola has de quitarte la venda de los ojos y lo harás esta noche. Pronto lo verás..."

Una ráfaga de viento hizo que se levantara la arena de la playa que quedaba tras el paseo, Almudena giró la cabeza para que no se le metiera en los ojos. Cuando la ráfaga pasó y ella volvió a girar la cabeza, la gitana ya no estaba.

Caminó hasta la pequeña muralla que separaba el suelo de arena de la playa de las pequeñas baldosas que adornaban el camino del Paseo y se sentó sobre ella. Pensó en las palabras de la gitana. En la primera galleta de la fortuna que le habían dado en el Restaurante Chino y que había resultado estar vacía. Pensó en que había tenido que cenar sola porque Juanjo la había llamado unos minutos después de que ella hubiera llegado al restaurante para decirle que no podría acompañarla en la cena. Pensó entonces en esas últimamente tan frecuentes reuniones a altas horas de la noche que tenían lugar en las oficinas en las que Juanjo trabajaba. Pensó en todas y cada una de las mentiras que, a pesar de saber que lo eran, no había querido reconocer hasta el momento. Y en último lugar, pensó en la frase impresa dentro de la segunda galleta de la fortuna que había pedido en el restaurante: "La felicidad no sólo se halla en la dicha, sinó también en aprender a aceptar".

Sacó el papel arrugado del bolsillo de su abrigo, lo estiró y volvió a leer la frase que contenía una vez más. En ese momento lo vio claro.

Caminó hasta la orilla y, con toda la fuerza de la que disponía, arrojó el papel al mar, porque aunque no se había dado cuenta hasta ese momento, no necesitaba una segunda galleta de la fortuna, la primera, aún estando vacía, lo decía todo. Vacía, así es como estaba su vida. Vacía de todo cuanto se merecía, aunque llena de cosas que tan sólo le permitían vivir a medias, sentir a medias y, en definitiva, ser feliz a medias.

Ese giro de ciento ochenta grados que su vida llevaba meses pidiendo a gritos, acababa de comenzar. Lo había hecho desde el momento en que Almudena le había dado la espalda al mar y, sonriendo, emprendía el camino de vuelta a casa…

Apenas cinco pasos después, su teléfono móvil comenzaba a sonar y con él, una nueva mentira implícita tras los nueve números del móvil de Juanjo. En ese momento, hubiera sido fácil deshacer el giro que había decidido darle a su vida pero, contra todo pronóstico, lo que Almudena hizo fue girarse para lanzar el móvil también al mar y seguir el camino que esa noche había decidido emprender.

Y entonces, simplemente, sonrió…



Escrito a medias con: María.

Me gusta contar las palabras...

“Me gusta contar las palabras y hacerlas bailar para ti, me gusta mirarlas danzando, diciendo las cosas que me prometí...”

Cantaba Bernardo quien, con el reproductor de música encendido y los auriculares puestos en las orejas, se había encerrado en el cobertizo, hasta que de nuevo volvía a accionar la sierra mecánica y entonces, lo único que podía escucharse era el ensordecedor ruido del artilugio eléctrico.

“Me gusta asomarme a la calle y ver a la gente pasar y siempre me gusta una siesta muy larga después de desayunar…”

Se le volvía a escuchar cantar, aunque esta vez, a su para nada aterciopelada voz, le acompañaban los golpes que daba con el pequeño machete que había encontrado allí dentro. Y de nuevo, otra vez el ruido de la sierra, hasta que de pronto cesó y ya no volvió a escucharse más.

“Me gusta comer con las manos, me gusta comerte la boca, vestido con las canciones y la camiseta con la que dormí…”

Seguía cantando el hombre hasta que la batería del reproductor corrió la misma suerte que lo que tenía entre manos. “Otro cadáver más para mi cuenta particular de hoy” pensaba mientras se quitaba los auriculares y observaba el amasijo de tripas, vísceras y sangre que había sobre la mesa.

Por suerte, el enorme delantal de plástico negro había conseguido impedir cualquier salpicadura en su ropa. Así los niños no podrían sospechar nada.

Limpió y recogió todos los restos con precaución. Si dejaba algún rastro estaba perdido. Lo metió todo dentro de una bolsa de basura también de color negro que ató con fuerza y, a su vez, metió esa bolsa dentro de otra exactamente igual y que también ató de la misma manera que la primera. Se lavó las manos y echó un último vistazo. Todo estaba en orden, así que ya podía salir de allí.

Abrió la puerta que había cerrado a cal y canto y llamó a su mujer, quien había estado manteniendo ocupados a los niños. Ella llegó al instante.

-¿Ya has terminado?

-Sí. No pensé que me fuese a costar tanto hacerlo…

-¿Y lo has limpiado todo? Si los niños lo ven…

-Tranquila, está todo limpio. ¿No creerás que quiero que piensen que su padre fue quién mató a la madre de Bambi? Jajaja.

-¡Qué humor tan negro tienes, Bernardo! Espero que al menos se te haya quitado ya el gusanillo de ir de caza por una buena temporada…

-¿No querías vacaciones en el campo? ¡Pues en el campo las cosas se hacen así, con las manos! Diles que te ayuden a poner la mesa. Voy a encender la barbacoa y en media hora comeremos.

-Está bien…

-¡Elisa!

-¿Qué?

-Recuerda: de esto no les digas ni una palabra.

-Que no…

-Y si preguntan: la carne me la ha dado el vecino, el señor que planta todas esas cosas…

-Que sí…

El monstruo del desván

Todos levantaron la cabeza y escucharon.
-¡Chist! ¡Ahí está otra vez!
(dice Isaac con cara de susto)
-Es cierto, ya vuelve... (le responde Elena tratando de superar el gesto dibujado en la cara de su amigo)
-No hagáis ruido, no vaya a ser que nos pille... (susurra Alberto y, acto seguido, se esconde bien escondido tras un polvoriento armario ropero)
-Pero si nunca nos ha pillado... (masculla Luisito con la boca llena de bizcocho de limón y con total despreocupación)
-¡Eso es cierto! (vuelve a hablar Isaac) A lo mejor es que no es peligroso...

(El mostruoso ruido que les asusta vuelve a escucharse otra vez y, en esta ocasión, por duplicado)

-No nos pilla porque cuando lo escuchamos siempre nos quedamos en silencio (sentencia Alicia, que siempre es la más valiente de los cinco y la más lista de toda la clase)
-Por eso digo que no hagáis ruido (repite Alberto)

(De pronto, los cinco escuchan unos pasos que se acercan. Asustados, buscan el mejor escondite. A excepción de Luisito, que sigue comiendo bizcocho de limón)


-¡Venga niños, id bajando que ya casi son las siete! (dice la abuela de Luisito justo después de asomar la cabeza por la puerta del desván)

(Los niños, ahora muchísimo más tranquilos por contar con la presencia de un adulto, bajan las escaleras a toda prisa y cogen sus mochilas. El padre de Isaac les espera ya dentro del coche. Se suben y éste les lleva a sus respectivas casas)


-¿Hoy también habéis escuchado los gruñidos del monstruo, no? (pregunta a Luisito su abuelo)
-Ahá... (asiente él) Pero cómo la abuela se entere nos la vamos a cargar...
-¡Pero si la culpa la tiene ella! Si no me obligara a ponerme a dieta, mi estómago no rugiría de esa manera...

Cien años después


Cuentacuentos 2.107: Parque Jubilásico


La friolera de, nada más y nada menos que, cien años han pasado desde aquel día en que El Cuentacuentos llegaba a la frase número cien. Hoy, 23 de Octubre de 2.107, publico lo último que he escrito. Empecé hace cosa de tres meses a escribirlo, porque claro… los años pasan factura y las cosas ya no son lo que eran.

Ahora, vivimos todos en una enorme residencia que un día fue de ancianos que, poco a poco la fueron abandonando para dar lugar a la entrada de más Cuentacuentos. Aunque algunos se mostraban reacios al principio, al final hemos acabado todos aquí.

Yo, ahora mismo no recuerdo cuando, pero hace poco que cumplí los 125 años. Es cierto que no soy la más joven (algunas se quitan años de encima, que lo sé yo…) pero también hay quien supera mi edad con creces.

El personal médico que vive pendiente de todos nosotros y se encarga de que nuestros mecanismos (todos ellos, sean los que sean) no se paren, no se explica que sigamos vivos. Los expertos (todavía no sé en qué) aseguran que el crear historias es lo que nos alarga la vida. Quiero creer que tienen razón. Y también quiero creer que, visto lo visto, la calidad y el número de creaciones, influye en ello. Porque no todos nos conservamos igual de bien.

Me parece que esto va a ser lo último que escriba, porque el reuma y las lagunas mentales que padezco, se me están haciendo insoportables. Si como aseguran: “no sigo creando historias, no sigo viviendo”, creo que ha llegado el momento de retirarme y dar cabida a otro de nosotros.

No me malinterpretéis, no es que no esté a gusto aquí, pero es que hay veces en las que se me hace muy duro. Recuerdo, por ejemplo, la última visita de mi bisnieta la mayor, ese hijo suyo… me arrea cada mamporro cada vez que viene a verme… Su padre dice que es su forma de demostrar afecto, pero el cabroncete me hace un daño del mil demonios… ¡Ay criaturita, me recuerda tanto a mí cuando era pequeña…!

Bueno, a lo que iba: la residencia. Es enorme y está llena de comodidades. Cintas transportadoras sobre las que ir de un lado a otro (y evitar así llegar un día después a comer); ascensores que nos mueven de un piso a otro; mascarillas de oxígenos distribuidas cada quince metros (por lo que pueda pasar); personal médico siempre alerta…

¿Y qué me decís del museo que nos han montado aquí al lado? Este mes creo que no nos han llevado a visitarlo, o eso o que yo no me enteré. También puede ser que lo haya olvidado, eso tampoco lo descarto. El caso es que es una maravilla ver todos nuestros escritos y premios en él. Tengo ganas de volver a ir (espero tener tiempo suficiente para hacerlo), y no porque me crea eso que le escuché el otro día a Popi de que han criogenizado y metido en una urna de cristal al Señor de las Historias, yo creo que es una de las suyas...

Hoy no estoy muy animada, no como el otro día, que hasta quise ir a una quedada que organizaron en el jardín. Quise ir pero no pude hacerlo, porque me equivoqué de cinta transportadora y acabé en uno de los salones. Al final asistí a la lectura de un microrrelato que parece ser que Oski escribió hace cien años también. Menuda siesta más buena la de esa tarde. No, no… no volváis a entenderme mal, no me dormí porque fuese aburrido, me dormí porque María ya no ve tan bien como antes y el control de sus cuerdas vocales lo está perdiendo. 20 minutos tardó en leer el título y lo demás ya no lo sé, porque se me cerraron los ojos. ¡Qué penita más grande, con lo bien que leía en el colegio cuando éramos niñas!

Ahora que pienso… creo que he quedado con Wannea y con alguna más para echar una partida de cartas en el salón verde. Me apetece mucho ir, pero también me da miedo después de lo del otro día. Creo que no todos os habéis enterado, pero… a Miki le trajeron el otro día un programa que copia y transcribe todo lo que dices en el ordenador, cuando venía a prestármelo, fue asaltado por un grupo de cuentacuentos enmascarados y casi nos lo quitan, pero al final la trinchera que nos ayudaron a construir Pedro y Tormenta, aguantó. Aunque también ayudó que Aarón apareciera y les tirara su vieja guitarra encima. De eso se alegraron muchos, pero ya no sé si por nosotros o por la guitarra, que se rompió en mil pedazos.

Hay días difíciles por aquí, últimamente no cesan los golpes de estado, pero Javi y Beleíta han sido siempre capaces de salir satisfactoriamente del apuro, y la República Independiente de Cuentacuentos, continúa como siempre…

Bueno, como siempre o casi… porque ahora las frases salen cada mes y medio (más o menos), cuando antes (no sé si lo recordaréis) salían cada semana, pero es que… ni nuestros dedos, ni nuestras cabezas son tan ágiles como lo eran antaño. Aún así, esto sigue creciendo. Cada día recibimos cientos y cientos de peticiones de jóvenes que quieren ser cuentacuentos o de otros, ya mayores, que lo son y quieren venirse a la residencia.

Por eso digo yo que va siendo hora de que alguno tiremos la toalla, no sea que nos la hagan tirar, porque aquí todo el mundo no cabe.

Acabo de escuchar a Jara por megafonía y dice que tenemos tarta de Pistachos en el salón verde, ¿entonces dónde he quedado yo para jugar a las cartas? Creo que me voy a ir al salón de cine a ver alguna de las películas de Scry o al de música que seguro que alguno andará aporreando alguna cosa en él.

¡Qué mayores que estamos ya, leche! Todavía me acuerdo de cuando…

Cogidas de la mano

Nada más despertar, se gira y lo descubre a su lado. Abrir los ojos y saber que su rostro descansa al lado del suyo la impregna de esa fortaleza que ahora tanto necesita.

Sus ojos también se abren. En un acto reflejo y al unísono, los rostros de las dos niñas dan un paso hacia adelante sobre la almohada. Esto provoca que sus pequeñas naricillas casi puedan rozarse.

La niña del pijama rojo mueve su cabeza de izquierda a derecha consiguiendo que su nariz roce la de su amiga. Una vez que ha parado, la niña del pijama azul celeste la imita, devolviéndole otro beso de gnomo.

Un nuevo acto instintivo hace que las dos se cojan de la mano. Con fuerza.

Vuelven a mirarse. Sonríen. Aunque lo hacen a duras penas.

Parece ser que esa mañana han amanecido más sincronizadas que nunca y una pequeña lágrima comienza a rodar por la mejilla de ambas.

Esas lágrimas que salen de lo más profundo de sus almas se asoman a los balcones de sus pupilas, resbalan por las enredaderas de sus pestañas y se deslizan rápidamente por la dulzura de sus mejillas. Llegan a la almohada pero no mueren en ella. Antes de esas lágrimas ha habido otras y esas otras han dibujado un pequeño río. Sobre ese pequeño río discurren ahora las últimas en nacer hasta llegar a un pequeño charquito que ambos ríos han originado sobre la sábana que cubre el colchón.

Han olvidado quien necesitaba de la otra para que pasara la noche a su lado. Sólo saben que están juntas y que cogidas de la mano son más fuertes.

Es hora de levantarse. Han de secarse las lágrimas y enfrentarse de nuevo al mundo y a la realidad, pero saben que juntas podrán hacerlo.

La niña del pijama azul celeste coloca un dedo índice a cada lado de los labios de la otra niña. Los desplaza de forma horizontalmente ascendente y presiona durante unos segundos, hasta fijar la curvatura que ha creado. La niña del pijama rojo la imita y le pinta a ella una nueva sonrisa.

Acaban de recordar que el pequeño mundo que comparten necesita contagiarse de sus pequeñas sonrisas para ser un poquito mejor y más llevadero, así que han decidido convertirse en pequeñas hadas de las sonrisas.

Sonriendo y sin que sus manos se suelten, bajan a desayunar para comenzar con esa misión tan importante que las dos tienen.

Están llenas de vida. Son fuertes. Acaban de convertirse en dos pequeñas heroínas y su arma más poderosa es la sonrisa.

Para María, por hacer que mis sonrisas nazcan de las suyas y dejar que las suyas se unan a las mías.

Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir



Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir a qué última tabla agarrarse en aquel momento que tan duro se le hacía. Nadaba en un mar en calma en el que imaginarios tiburones la acechaban hambrientos de su tranquilidad y deseosos de remover sus entrañas.

Estaba muy pálida. Había pasado demasiadas horas a la deriva aguardando por aquella lancha de salvamento que, tras conocer su situación, prefirió no desviarse de su recorrido y continuar navegando rumbo a la orilla. En la playa se celebraba una fiesta que, para el tripulante de aquella lancha sin duda era mucho más importante que ella.

Jura que sólo pudo verme a mí en medio de las aguas, cuando sus fuerzas estaban a punto de darse por vencidas, pero yo le he asegurado que esta noche, muchas éramos las tablas que nos manteníamos a flote tanto para ella como para cualquier otro náufrago que precisase de nuestro apoyo.

Llegó hasta mi pálida, temblando y profundamente agotada. Me abrazó con todas sus fuerzas, llorando y pidiéndome que no la soltase. No la solté. Jamás podría hacerle algo así.

No tardó en ser consciente de que conmigo ya estaba a salvo. Los tiburones no tardaron en desaparecer e incluso esbozó unas cuantas sonrisas que el cariño y la seguridad de un sinfín de tablas a la deriva, que al fin fue capaz de ver, somos capaces de dibujar.

Nunca hemos sido nada más que simples trozos de madera que flotan sobre el agua, nadie nos ha tenido jamás por otra cosa. No tenemos un botiquín como las lanchas de salvamento, pero somos capaces de apaciguar las tempestades del alma de los que a nosotras acuden.

Entre todas nos unimos, formando una gran tabla sobre la que se durmió como sólo haría una niña inocente y confiada. Nos apresuramos en acercarla a la costa. A la costa opuesta en la que se celebraba aquella fiesta que había sido la causa, muy posiblemente, de su incomprensible abandono.

Ahora sólo nos queda esperar a que la cura de sueño haga su efecto y que las primeras luces del alba la carguen de la energía que precisa para ponerse en pie y caminar tierra adentro. Sin volver la vista atrás. Sin dirigir la mirada al mar que quiso ahogarla y a quienes no quisieron ayudarla. Dónde no existen los tiburones. Más allá de las fronteras de la costa...


La fábrica de sueños cerró por vacaciones

La fábrica de sueños cerró por vaciones y entonces se produjo el caos.Todos los que allí trabajaban estaban acostumbrados a hacerlo durante las 24 horas de los 365 días del año más el de aumento en los bisiestos. Sin descanso y sin vacaciones para que los mortales de apié pudiesen disfrutar de sus dulces sueños.

Durante el primer día nada pasó. Era un día como otro cualquiera pero sin sonrisas profident en las caras de la gente, dado que nadie había tenido un sueño de esos que cuando te despiertas y lo recuerdas, te hace suspirar profundamente. Pero al segundo día... la cosa se agrabó. Digamos que los del montón, esos hijos de vecino que podríamos ser tanto tú como yo, simplemente estábamos un tanto... irascibles y gruñones.

No así le ocurría a esa gente de copete y postín que se codea con la élite más elitosa, para ellos fue mucho peor... La hija de mi vecina MariPuri, que se fue a vivir a Miami, asegura que iba tranquilamente caminando por la calle cuando, para grata sorpresa, se cruzó con Orlando Bloom. Le faltó tiempo para sacar su recién estrenado móvil con de todo y más, para hacerle una foto al muchacho. Y cuando se disponía a hacerlo, el supuesto Bloom fue arrollado por el Bloom verdadero, quien le dio una considerable paliza. Pues parece ser que entre los empleados de la fábrica de sueños, se encontraban una larga lista de clones de personajes con los que muchos y muchas hemos podido soñar en más de una ocasión.

Como es lógico, la noticia de lo sucedido entre el Bloom verdadero y el Bloom clónico (el empleado de la fábrica), ocupó al completo los medios de comunicación. Dando lugar a que por un lado, los Bloom, Clooney y demás no perdiesen los papales al verse las caras con sus "supuestos impostores", y por el otro, a que los demás soñásemos (aunque esta vez despiertos) con que nos los podríamos encontrar por la calle. Porque aunque no fuesen los originales, a nadie le amarga un dulce.

Lo que os acabo de contar, no fue más que un pequeño malentendido que se produjo, el verdadero caos vino después. Resulta que algunos de los empleados más afines entre ellos, organizaron excursiones de grupo para sus vaciones y claro... los ataques de pánico sufridos por algunas chicas al ver al grupo de "las suegras" (todas unidas y a una...) con las que muchos sueñan y tienen pesadillas, fueron considerables.

Y ya no os quiero decir nada de los que se encontraron al monstruo del saco veraneando en Ibiza; a la profesora de matemáticas (cuchillo en mano) en la playa o a seres de ultratumba que vuelven para vengarse. Mi hermana jura y perjura que mientras compraba en Mercadona, vio a un par de tipos con bigote, uno alto que hablaba muy raro y otro más bajito pero que sí hablaba en castellano que le resultaban familiares aunque no lograba recordar de qué, y que un escalofrío la recorrió de arriba abajo nada más verles.

En fin, que visto lo mal que han resultado las vacaciones de los trabajadores de la fábrica de sueños, parece ser que en un par de días volverán todos al trabajo, para evitar males mayores.

Por si os interesa mi anécdota, os la voy a contar: yo, creí encontrarme con el empleado cuya función era la de hacerse pasar por Mark Van der Loo, y por aquello que os dije antes de que a nadie le amarga un dulce, me lo ligué. Después me di cuenta de que me había equivocado, era el verdadero Van der Loo al que me ligué, y no un empleado que disfrutaba de sus primeras vacaciones...



La mirada que le devolvió el espejo no era la suya

La mirada que le devolvió el espejo no era la suya propia, ¿cómo diablos podía serlo? Ese rostro marrón con manchurrones negros por todos lados y esos ojos de mapache que la miraban desafiantes...
Precisamente fueron esos ojos los que le hicieron darse cuenta de la realidad y culpabilizarse por ello. La noche anterior había salido hasta las tantas; había bebido demasiado; había bailado y, por lo tanto sudado, una barbaridad y se había desfasado más de la cuenta. Si había llegado a su casa (o eso creía, porque era evidente que aquella era su casa, pero no recordaba como ni de qué manera había llegado hasta allí) tan extenuada que ni siquiera se había planteado la idea de desvestirse y ponerse el pijama, ¿cómo iba a pensar siquiera en desmaquillarse?
De todos modos y para asegurarse, volvió a su dormitorio (el olor a vodka con limón hizo que el estomago se le encogiera y le entrasen ganas de volver corriendo al cuarto de baño), encendió la luz e hizo la definitiva "prueba del algodón" observando la almohada con detenimiento. Y su fiel compañera a quien le consultaba todas las decisiones importantes que debía o no tomar, le corroboró su sospecha. La pobre almohada presentaba incluso más manchurrones que su propia cara. Diferentes tomos de marrón, algo parecido al beige, unas cuantas marcas de carmín y crespones negros de rimel y lápiz de ojos la decoraban, y un demasiado almibarado aroma la endulzaba muchísimo más de lo estrictamente permitido.
Volvió al cuarto de baño, se lavó la cara y se la secó con la toalla. Se cepilló los dientes y volvió a mirarse al espejo para ver si ahora ya reconocía el reflejo que este le ofrecía como propio. Hicieron falta una mezcla de jabón y agua tibia y algo así como un cuarto de
frasco de leche desmaquilladora para que por fin se reconociera a sí misma en el espejo. Pensó en prepararse un café bien cargado para espabilarse, pero al final decidió volver a la cama y seguir durmiendo.
Volvió a su cuarto y se tiró de bruces sobre la cama. De repente, escuchó algo que parecía ser una profunda respiración. Reptó sobre las sábanas y sacando la cabeza fuera de esta, miró hacia el suelo.
No estaba sola. Sobre el suelo de su dormitorio y tapado con la alfombra, dormía plácidamente el chico por que había suspirado durante meses. ¿Habría pasado algo entre ellos? Imposible, los dos seguían vestidos.
Se tapó la boca con la todavía manchada almohada, ahogando en ella un grito de "¡oh dios mío, no es posible, no puedo creérmelo!". Estiró la mano hasta la mesita de noche, cogió las gafas, se las puso y volvió a mirarle.
(...)
La primera noche que durmió bajo el mismo techo que el tío buenorro por el que estaba coladita, le sirvió para dejar de estarlo. Así tirado en el suelo, tapado con la alfombra, con la boca abierta y esa babilla que colgaba de ella, formando ya un pequeño charco en el suelo... ya no parecía tan guapo ni tan especial...

La habitación del deseo

"La habitación del deseo imposible", así es como la llamaban.

Su creador: el inimitable ermitaño Iago Sacía Pajas. Llamado de este modo no sólo porque viviese sólo, sino también porque jamás se desprendía de una especie de mochila, hecha a base de conchas de todo tipo, que él mismo se había creado. Y sí, también porque las malas lenguas siempre habían asegurado que se quería demasiado a sí mismo.

Era, o más bien aseguraba ser, el mejor curandero, vidente, naturópata e inventor de todos los tiempos. Su último invento: aquella habitación en la que alguien entraba, tras depositar en una pequeña caja de hojalata, la voluntad (nunca menos de un par de billetes) y pedía cualquier cosa que fuese imposible conseguir de otro modo.
Así visto, parecía un auténtico chollo, pero no lo era. Era preciso pensárselo muy bien antes de formular el deseo en cuestión, de lo contrario podrían ocurrir verdaderas catástrofes...

Todavía recuerdo cuando el inocente Ernesto Ilotro, una vez dentro, pidió convertirse en astronauta... ¡Qué tonto que fue! Aquello no era imposible, bastaba con ser brillante y estudiar mucho desde la escuela para conseguirlo. Eso fue lo que le dijo el señor Sacía Pajas cuando le vio salir de la habitación con su cabeza inflada.

Su cabeza había doblado cuatro veces su tamaño original. Parecía una escafandra de esas que utilizan los hombres que viajan al espacio...

Yo, por mi parte, fui mucho más lista que él: pedí ser inmortal.

No os lo había contado pero... una vez que alguien pide un deseo realmente imposible más allá de esa habitación, nadie más puede pedir lo mismo. Así pues, ¡la inmortalidad es sólo mía! Les daré recuerdos de vuestra parte a vuestros tatara-tatara-tatara nietos, si así lo deseáis...



¿Y tú? ¿Qué pedirías tú si pudieses entrar en esa habitación?

Yo soy tu padre

"Yo soy tu padre" es, queridos amigos, la frase más celebre del personaje con el que da comienzo este programa que, a partir de hoy y siempre y cuando cuente con el beneplácito de ustedes, ocupará las noches de los miércoles en esta, su cadena amiga.

Acomódense en sus butacas y prepárense para asistir al estreno mundial (a nivel de España) de "Salsa chimichurri galáctica", un programa en el que no les hablaremos de los futbolistas galácticos del Real Madrid (al menos no hasta el próximo cumpleaños de alguno de ellos...), sino de los personajes más populares de una Galaxia muy, muy, muy, muy lejana...


Como les decía, aquel que una vez dijo "Luke, yo soy tu padre" (frase que seguramente todos recuerden), será nuestro primer protagonista.






Desde este momento, ya pueden comenzar a mandar mensajes con el texto "SCG" seguido del nombre del personaje que hoy nos ocupa, más todo lo que ustedes quieren (o más) al 0000, o si lo prefieren llamar al 000-000-000 para contarnos todo aquello que crean puede interesarnos, marcando el 1 si se han acostado con él, el 2 si les debe dinero, el 3 si saben de buena tinta que su nombre aparece en los diarios secretos de Roca, etc.


Nuestro querido Dark Vader, el hombre de la voz al más puro estilo "radio de taxi" cuya cabeza esconde bajo la jaula de un grillo de tamaño considerable, comenzó siendo un niño cualquiera, que vivía en un pueblo cualquiera con su querida y adorada madre. Un avispado y muy atractivo (que todo hay que decirlo) hombre que vivía Solo, lo descubre y ve en él a una promesa del Fórmula 1 en potencia, así que decide ponerle como nombre artístico Anakin Skywalker.


Ese niño cualquiera, no se entera ni de la mitad de las cosas que le cuenta el hombre que vive Solo y creyendo que lo va a llevar a practicar esquí, se va con él, dejando a su querida y adorada madre más sóla que la una y rota de dolor creyendo que su hijo acabará siendo un borracho porque lo único a lo que "Walker" le suena, es al Johnnie ese del whisky...


Después aparecen Schumacher, Raikkonen y nuestro admirado Alonso, por el que nadie daba un duro porque a causa del acento de algunos, todos lo conocían como "Frenando" y de él se pensaba que "frenando, frenando, no iba a llegar a ningún sitio", y tiran por tierra todo sueño y aspiración de nuestro protagonista.


Con sus sueños rotos; a las malas lenguas no se les ocurre nada mejor que dedicarse a las habladurías y aseguran que entre nuestro protagonista y el señor raro que vive Solo "hay tema". Aquí comienza una espiral de caos y perdición de la que nuestro protagonista no consigue salir.


Por si fuera poco, hay "un luces" cuyo nombre todavía no hemos conseguido confirmar, así que diremos que "presuntamente" (para no agenciarnos ya una querella en nuestro primer programa) a un avispado de la vida, se le ocurre darle, para que se entretenga, un sable que en lugar de filo tiene luz de neón. Y ya sabemos lo que ocurre cuando a un hombre se le da un juguetito, que se vicia, sí señores, se vicia...


Veamos como asiente la señora de rojo del público, que acaba de contarle a nuestra azafata buenorra (cariñosamente conocida por todo el equipo como "rubia de bote") que hace tres años por navidad, le compró a su hijo pequeño la Play Station y desde entonces le ha perdido para siempre, junto con su hijo mayor y su marido, que se pasan el día entero jugando con la maquinita de marras.


No llore señora, no llore. Son cosas que pasan hasta en las mejores familias.


Bien, ha llegado el momento de hacer una pausa publicitaria. Ahora les toca a ustedes decidir, si quieren que volvamos tras los anuncios y les continuemos contando acerca de la metamorfosis sufrida por nuestro protagonista de NiñoCualquiera a DarkVader, pasando por Skywalker, manden sus mensajes al 0000 y llamen al 000-000-000.


Que volvamos o no, depende de ustedes, porque aquí en SuCadenaAmiga son ustedes, querido público, los que deciden. Gracias por la atención prestada, espero verles tras los anuncios...

Historia del revés


Y al final... nada se pudo hacer por él, la muerte le llegó estando en la más absoluta de las soledades a causa de aquella parcela de su pasado por la cual jamás había conseguido perdonarse. Murió dentro de aquellas cuatro paredes que le habían servido de techo y colchón, así como de única compañía en los últimos años, y nadie encontró su cadáver hasta pasados cinco días... En las paredes, el techo y el suelo, una misma frase, escrita con su propia sangre: "Y a pesar de todo sigues sin creerme, pero te aseguro que allí estaba, entre mis manos temblorosas...".


Quique era un cinéfilo empedernido. Socio y abonado de los tres multicines de su pueblo, no se perdía ninguno de los estrenos, ninguna de las películas que daban.


Además de cinéfilo, melómano y una larga lista, era muy metódico. Desde que no era más que un niño, seguía unas determinadas pautas de actuación que seguía a rajatabla para todo aquello que hacía.

En lo que al cine se refiere, el día del estreno acudía sólo; se ponía sus vaqueros negros, su polo de Ralph Lauren y sus ya desgastadas converse; se compraba el cucurucho más grande de palomitas de colores y se sentaba, siempre, entre la quinta y la séptima fila, en una de las butacas del centro.


Después de haber visto la película que fuese el día del estreno, siempre se apuntaba a acompañar a cualquiera de sus amigos y volver a verla las veces que fueran...

Pero, Quique también era un bocazas. No era capaz de estarse callado, siempre esperaba a que sus acompañantes hubiesen comprado la entrada y estuvieran a punto de acomodarse en la butaca que les había tocado, para soltar el típico comentario que siempre te destripa el final de la película y te quita las ganas de verla.

Que el malo era el del turbante; que al final Jamie Sullivan muere; que el psicólogo infantil Malcolm Crowe está muerto... son algunas de las más célebres frases que hicieron que todos los amigos de Quique se negaran a ir con él al cine.

Cuando vio que nadie quería ir con él, entró en una profunda depresión. Dado que ahora no podría volver a ver una película acompañado, su metódico proceder en lo que a eso se refería se vino abajo y su mundo, ese que tan cuidadosamente se había creado a su gusto y manera, se desbarataba.

Se recluyó en su cuarto, del que no quería salir. Sus amigos, al enterarse, fueron a visitarle para hacerle entrar en razón y que entendiese que no era para tanto. Le dijeron que bastaba con que no fuese a los estrenos, que simplemente fuera a los de las películas que ninguno de ellos querría ver...


Quique prometió que así lo haría: antes de ir a cualquier estreno, hablaría con ellos y si ninguno quería ver esa película, iría el sólo; de lo contrario se esperaría a poder ir con los demás. En ese preciso instante, rompió el resto del abono para los estrenos que tenía y simplemente, esperó a ir con sus amigos y no desvelarles así el final de ninguna película.

Todo iba muy bien, hasta que una mañana, al recoger el correo del buzón, Quique descubrió que le había llegado su abono para la nueva temporada de cine que comenzaba al día siguiente. Se había olvidado por completo de anularlo... Resopló resignado y se dispuso a romperlo, como había hecho con el anterior, pero no fue capaz. Al día siguiente fue al estreno de "Yo, yo mismo y Nessita", y al volver a casa se sintió fatal, además de profundamente culpable...








Y al final... nada se supo hacer por él, la muerte le llegó estando en la más absoluta de las soledades a causa de aquella parcela de su pasado por la cual jamás había conseguido perdonarse. Murió dentro de aquellas cuatro paredes que le habían servido de techo y colchón, así como de única compañía en los últimos años, y nadie encontró su cadáver hasta pasados cinco días... En las paredes, el techo y el suelo, una misma frase, escrita con su propia sangre: "Y a pesar de todo sigues sin creerme, pero te aseguro que allí estaba, entre mis manos temblorosas, aquel abono para la nueva temporada que no pude dejar de utilizar...".



Si quieres darle un giro de 120º a este final, hazlo pinchando aquí. Aunque, si pinchas aquí, le darás un giro de 240 grados. Por el contrario, si pinchas aquí, el giro que habrás dado será de 360º y habrás vuelto justamente al principio, es decir, ¡¡¡a aquí!!!

Te conozco demasiado bien

Te conozco demasiado bien, tan bien como si te hubiera parido, que dirían algunos. Te conozco más que a mi madre o a mis hermanos, y también más de lo que ellos me conocen a mí, pero sólo porque tú a mi me conoces en el mismo grado que yo a ti. He estado presente en muchas de tus cosas y en las que no he estado, más tarde o más temprano has terminado por contármelas tú.

Te conozco demasiado bien, y por eso a mí no puedes engañarme, igual que yo tampoco puedo engañarte a ti. Hemos compartido tantas cosas y pasado por otras muchas que entre nostras ya no hay secretos, ni misterios, ni verdades a medias. Hemos pasado a ser tan simples la una para la otra que ya todo está practicamente dicho, y lo que quede por decir sería fácil de adivinar.

Si metaforeamos un poco (aunque ya sé que no te gusta nada, pero te fastidias porque esto quien lo escribe soy yo), podría compararte con una ensalada...

Sí, sí... con una simple ensalada.

¡Señoras y caballeros, mi nombre es Vanessa y mi mejor amiga: una simple ensalada! Les diré porqué:

Dejando al margen su cara de lechuguina (que en ningún caso es peor que la mía), me basta con ver su cara de acelga para saber que algo le pasa y que no está bien, no necesito más que una palabra para saber que está triste, que ha llorado, que algo le preocupa o por el contrario, que todo ha salido bien (tan bien como yo siempre le digo que saldrá y que ella nunca se cree).

También me basta con ver su cara de tomate, del más rojo de los tomates, para saber que he dado en el clavo y que al final acabará por contarme eso que no ha logrado esconder.

Y no nos olvidemos de la cebolla, tan presente siempre en muchos tipos de ensalada. Porque ella, mi mejor amiga, si tuviese que ser un único ingrediente de una ensalada, sería la cebolla. Porque es una llorona empedernida. Y a esto lo le llamo: tener sentimientos, algo que parece estar muy de moda pero que no todos tienen (o tenemos). Tal vez porque no se trate de una moda de las pasajeras y porque tener sentimientos es algo mucho más complicado que salir a la calle y llevarse a casa los últimos legins de turno...

Además, mi niña es mi aceituna sin hueso, rellena de puro corazón. La sal y la pimienta de mi vida: la sal porque muchas veces ha ayudado a sanar y cicatrizar muchas de mis heridas, y la pimienta porque otras tantas me ha hecho reir cuando más lo necesitaba.

Y claro, esta ensalada también tiene guindilla. Una guindilla de las más picantes y coloradas que pueden existir. Pica porque tiene corage y genio, tanto que a veces hay que tragar agua (o saliva) para poderla soportar. Pero al mismo tiempo, es de un rojo muy vivo, y esto no es casualidad, es porque se la ve venir... y una siempre podrá tener la opción de quedársela para su ensalada o apartarla y dejarla a un lado...

Yo hace mucho tiempo que decidí quedarme con la guindilla; con la acelga; con el tomate, con la aceituna; con la sal y la pimienta; y con la cebolla llorona, porque como toda cebolla, tiene mil capas, y todas y cada una de ellas mejor a la anterior...

Para tí tonta del culo, porque te quiero un montón.

Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse


Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse de mí, me lo tiré, dejando constancia de ello con la videocámara cuyo play accioné en el preciso instante en que llamó al timbre de mi puerta, y sin apenas darle tiempo a que volviese a subirse los pantalones, lo eché de mi casa.


Roberto me doblaba en edad. Era alto, bien plantado, con labia y dinero, mucho dinero. Además estaba casado y tenía tres hijas, una de ellas de mi misma edad. No me atraía ni lo más mínimo, pero aún así me lo llevé a la cama.


Tenía constancia de que llevaba más de tres años engañando a su mujer con chicas de mi edad, de la edad de su hija mayor. Y esto no es algo que sorprenda, son muchos los hombres que lo hacen. Incluso, son muchas las chicas que se acuestan con hombres casados a sabiendas de que lo son.


Hasta que conocí a Roberto, siempre había pensado que tanto los hombres de su calaña como las jovencitas a las que se acercaban y que se dejaban querer por ellos, estaban en todo su derecho de hacerlo. "Cada cual que cuide de su conciencia, que a mí me basta con cuidar de la mía", solía pensar yo. Pero con él fue diferente.


Una tarde, mientras paseaba con Marta por una de las calles más concurridas del centro, mi amiga me dijo: "Mira, ¿ves al tío ese del jersey beige?, el de los ojos azules que está comprando margaritas en el puesto de la derecha. A ese me lo he tirado yo unas cuatro o cinco veces. ¿Ves estos pendientes y este anillo? Me los regaló la semana pasada...". Asentí y fingí aplaudir lo que Marta me contaba.


Al día siguiente, se celebraba el cumpleaños de Sofía, una de mis dos compañeras en el piso de estudiantes en el que vivía durante el período lectivo. Nos invitó a unos cuantos a una barbacoa que celebraba en su casa y yo no dudé en asistir. Hacía apenas cinco meses que la conocía, pero era una chica muy maja y muy buena, a la que en seguida le había cogido cariño.


Me quedé perpleja cuando, al presentarme a su padre, vi que se trataba de Roberto, el mismo tío con el que mi amiga Marta me había asegurado que se había acostado en varias ocasiones. Media hora después fingí encontrarme mal y me marché a casa.


Al día siguiente llamé a Sofía y quedé con ella en una cafetería a la que solíamos ir muy a menudo. El día anterior no había querido fastidiarle su fiesta, pero no podía dejar de contarle aquello que sabía acerca de su padre.


Me llamó mentirosa, me dijo que me iba a hacer la vida imposible y se fue de la cafetería dando gritos y diciéndome que no volviese a acercarme a ella en lo que me quedaba de vida.


Hace unas tres horas ha sido Sofía la que ha llamado al timbre, destrozada, llorando y pidiéndome disculpas por no haberme creído. Traía en su mano derecha la cinta que yo le envié tras haberme acostado con su padre...



*Prometí no escribir una historia graciosa y espero haber cumplido tan bien como se esperaba... ;)

Como todo lo importante, ocurriste de repente

Como todo lo importante, ocurriste de repente. En mi memoria guardo con total exactitud aquel nublado día en el que te encontré. Yo salía de mi casa apenada y cabizbaja. Mil problemas sin aparente solución merodeaban por mi cabeza cuando, al fijar la vista, te encontré.

Al principio no quería creérmelo. Me decía a mí misma que no eras real, que era imposible que lo fueses. Pero sí, eras real y ahí estabas, justo delante de mi y al alcance de mi mano.


Te cogí, claro que te cogí. Sin pensármelo dos veces me aferré a ti con fuerza para que nadie más que yo pudiese verte. Ahora que te había encontrado eras mío, sólo mío, mío y de nadie más.


Hiciste que mi día amaneciera por fin, te convertiste en el motivo de mi sonrisa y en la solución a varios de mis problemas. Pero jamás volví a verte, aunque me esforzase en ello. Ni a ti ni a ninguno de los que son como tú.


La gente decía que existíais pero yo no me lo creía, hasta que te vi a ti, hasta que te tuve en mi mano, hasta que te hice mío. Fuiste mi duendecillo de la olla de oro, mi gnomo mágico, mi genio de los deseos...


Jamás podré olvidar aquel día en el que, al salir del portal de mi casa, te vi tirado en la puerta del cajero del BBVA.

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